"Sin miedo y sin ensoñaciones: convivir en Alemania."

Discurso berlinés en la Casa de las Culturas del Mundo (12.05.2000)

I

Señoras y señores:

  • El treinta por ciento de los niños escolarizados en los centros escolares alemanes procede de familias inmigradas o recientemente naturalizadas. En algunas escuelas incluso se alcanza el sesenta por ciento y más.
  • En 1997 y 1998 el número de personas originarias de otros países que abandonaron Alemania fue superior al número de inmigrantes.
  • Entre 1990 y 1998 el cincuenta por ciento de los peticionarios de asilo registrados en la Unión Europea solicitaron asilo en Alemania. En 1999 se rebasó el veinticinco por ciento.
  • La tasa de reconocimiento por la Oficina Federal competente de las peticiones de asilo presentadas en nuestro país ronda el cuatro por ciento.
  • En Alemania hay unas cincuenta mil empresas fundadas por conciudadanos turcos y unos doscientos mil puestos de trabajo creados por conciudadanos turcos.
  • En el futuro la economía alemana se verá confrontada con un problema de falta de mano de obra cualificada.



Son éstas seis constataciones totalmente distintas sobre la realidad alemana pero, con todo, están estrechamente interrelacionadas. La inmigración, los contingentes de refugiados, las restricciones de acceso, la integración, la tarjeta de residencia según el modelo estadounidense, el asilo, la expulsión y la repatriación son temas que vienen determinando el debate político desde hace años, a oleadas. Muchos problemas concretos, muchas cuestiones concretas son asimismo objeto de conversaciones privadas - y a menudo también conducen a confrontaciones presididas por el mutismo.

En Alemania viven más de siete millones de extranjeros. Estas personas han transformado nuestra sociedad a lo largo de los últimos años. Pero pensamos muy poco en lo que esto implica efectivamente para la convivencia en nuestro país. Y lo tenemos muy poco en cuenta en nuestra conducta.

La convivencia es en sí misma uno de los temas más importantes que podemos plantearnos a la hora de pensar en el futuro de nuestra sociedad. Tenemos que abordar este tema

  • porque afecta a cuantos vivimos en nuestro país, aunque más de uno aún no se haya dado cuenta,
  • porque en algunos puntos toca el núcleo mismo de nuestro orden constitucional y de nuestra realidad constitucional,
  • porque estar al pairo no resuelve los problemas existentes, sino que los agrava,
  • porque, a fin de cuentas, de lo que se trata es de si somos capaces de trabajar juntos por un futuro venturoso para todos.



A nadie se le escapa que la inmigración suscita en mucha gente reacciones viscerales, buenas y menos buenas. Precisamente por eso tenemos que hablar de este tema lo más abiertamente posible, de la forma más serena y realista posible. A menudo muchas cosas se dejan en el tintero. A menudo mantenemos debates ficticios, en lugar de ocuparnos del tema de la convivencia como tal.

Tenemos que abordar las verdaderas cuestiones:

  • ¿Cómo queremos convivir con quienes viven de forma legal y permanente en Alemania y desean permanecer en nuestro país?
  • ¿Cómo hemos de tratar a quienes sólo queremos o podemos acoger temporalmente?
  • ¿Cómo hemos de afrontar las preocupaciones que asaltan a mucha gente en nuestro país?
  • ¿Qué debemos y podemos exigir a quienes quieren vivir y trabajar de forma permanente en Alemania?
  • ¿Qué exigencias debemos imponernos a nosotros mismos?



Necesitamos un amplio debate público sobre estas cuestiones, un debate que desde luego trascienda el marco partidista. Tenemos que hablar de la inmigración y la convivencia en Alemania - de las oportunidades y de los problemas - en todos los grupos e instituciones sociales. Tenemos que actuar - sin miedo y sin ensoñaciones.

Para tener éxito en este empeño es preciso superar dos actitudes demasiado extendidas: Tenemos que superar la inseguridad y el miedo, que a veces desembocan en xenofobia, odio y violencia. Tenemos que superar una xenofilia mal entendida cuyos promotores hacen como si no existiera ningún problema y ningún conflicto en la convivencia entre personas de distinta procedencia.

 

II

Antes que nada hay que reconocer un dato objetivamente cierto: el hecho de que en nuestro país convivan personas de distinto origen y distintas culturas ya no va a cambiar. Por consiguiente, la integración es una tarea que debemos afrontar juntos para conseguir realmente una convivencia fructífera y pacífica.

Durante demasiado tiempo hemos pretendido hallarnos ante una situación pasajera. El término "Gastarbeiter" es un fiel reflejo semántico de esta actitud. En su día se quiso expresar con esta palabra que esos trabajadores emigrantes eran "invitados" que se volverían a marchar al cabo de cierto tiempo. Pero desde hace mucho sabemos que la mayoría de los que llegaron vinieron para quedarse y durante demasiado tiempo cerramos los ojos a las numerosas consecuencias prácticas que ello implica. Se quedaron y lo hicieron - en su mayoría - en provecho de todos nosotros:

Muchos sectores económicos pasarían serias dificultades si no tuvieran trabajadores y empleados de otros países. Hombres y mujeres con pasaporte extranjero han fundado entretanto decenas de miles de pequeñas y medianas empresas. Ofrecen puestos de trabajo y plazas de aprendizaje. La gran mayoría de la población extranjera cumple con sus obligaciones y contribuye a que podamos generar prosperidad y financiar la seguridad social.

Pagan el impuesto sobre la renta y el impuesto sobre el valor añadido como todos nosotros. Cotizan al seguro de pensiones y contribuyen a financiar tanto la labor del Instituto Federal del Trabajo como el seguro obligatorio de enfermedad.

No necesitamos debates artificiales sobre si Alemania es un país de inmigración, sea cual sea la acepción que se maneje del término.

No debemos seguir entresacando en el debate únicamente aspectos parciales: hoy las clases de religión islámica, mañana la tarjeta de residencia según el modelo estadounidense, luego andar a vueltas con los permisos de trabajo para temporeros o el tratamiento a los desplazados por las guerras civiles. Tenemos que ser capaces de enfocar el asunto en su totalidad.

Tenemos que superar las divagaciones irrealistas y las esperanzas ilusorias, tenemos que adoptar las decisiones necesarias y tomar nuevos derroteros. Necesitamos un nuevo empeño en pro de la convivencia de cuantos viven en Alemania - sin miedo y sin ensoñaciones.

De entrada, en todo debate debe quedar claro lo siguiente: no se debe generalizar, no se puede hablar de "los" extranjeros. Siempre se trata de personas concretas, individuos: seres humanos con raíces individuales, sean anatolios en busca de trabajo, sean oriundos retornados desde una aldea en el corazón de Kazakstán, sean refugiados sudaneses que huyen de la persecución y la tortura, sean desplazados de las ciudades y pueblos arrasados de Kosovo: cada uno de ellos tiene su propia peripecia vital a cuestas, cada uno de ellos tiene sus sueños, todos tienen su propia impronta cultural y religiosa. Cada uno tiene su propia idiosincrasia, su propio talante al comunicarse con los demás. Pero, por muy dispares que sean, todos tienen algo en común: cada uno de ellos busca en Alemania refugio o arraigo, voluntariamente o impelidos por las circunstancias. Algunos durante una etapa transitoria, pero muchos a la larga.

 

III

Abandonar el terruño y aclimatarse a otra cultura: no son éstos fenómenos nuevos en la historia, tampoco en la historia de nuestro país. Por eso sabemos que la inmigración y la integración no están exentas de conflictos y no funcionan automáticamente.

Evidentemente la inmigración de los siglos pasados en Alemania no se puede comparar sin más con la situación actual. Muchas cosas llevan más tiempo, algunas resultan más difíciles cuando lo que se ventila es la convivencia entre personas de raíces culturales y religiosas muy diversas.

Y hoy en día muchas cosas también son más difíciles porque los inmigrantes siguen estrechamente unidos a su patria por el teléfono y la televisión vía satélite. Sea como fuere, volviendo la mirada atrás comprobamos que la integración se nos ha dado bien en el pasado y podemos llevarla a buen término en el futuro.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX acogimos en Alemania a cientos de miles de personas en busca de pan y trabajo. Procedían de las provincias orientales del Imperio, de Austria-Hungría, de Rusia, y entre ellos hubo muchísimos polacos.

Se establecieron en Berlín, a la sazón centro industrial, y en el "lejano Oeste", para trabajar en las minas de la Cuenca del Ruhr. En el transcurso de una generación los pueblos y pequeñas localidades de la región se convirtieron en grandes ciudades.

La primera generación de inmigrantes siguió viviendo plenamente las tradiciones que trajeron consigo, como por ejemplo la devoción católica polaca. Y ya la segunda generación, que bajó a los mismos pozos y jugó en los mismos clubes de fútbol, empezó a pronunciar los nombres polacos con acento westfaliano. Del mismo modo que su nuevo entorno los marcó a ellos, ellos también dejaron huella en la tierra que los acogió. ¡Muchos de nosotros, no sólo aquí en Berlín o en la Cuenca del Ruhr, somos descendientes de inmigrantes! De gentes que buscaron una vida mejor lejos del terruño. ¿Qué recepción, qué bienvenida hubiéramos deseado para nuestros abuelos y bisabuelos?

¿Y cómo fueron acogidos nuestros compatriotas emigrantes? A lo largo de su historia Alemania no fue sólo un país de inmigración. La pobreza y las calamidades, pero también el espíritu aventurero y emprendedor, impulsaron durante la segunda mitad del siglo XIX a muchos de nuestros antepasados a emigrar a Canadá y Estados Unidos, año tras año el equivalente de una gran ciudad. También los alemanes fueron otrora refugiados económicos. También los alemanes huyeron de persecuciones políticas. También los alemanes contribuyeron a la construcción de otros países.

Como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial acogimos en Alemania a millones de refugiados y desplazados. También esta integración, que finalmente fue un éxito, al principio no resultó en absoluto fácil, a pesar de que los que vinieron a Alemania eran alemanes.

Muchos no habrán olvidado con cuánto rechazo se vieron confrontados no solo en los pueblos y las ciudades pequeñas, a pesar de haber sufrido penalidades sin cuento, a pesar de hablar la misma lengua alemana, a pesar de pertenecer a la misma cultura, a menudo incluso a la misma confesión que sus nuevos conciudadanos.

La integración requiere perseverancia y paciencia. Requiere un espíritu abierto por parte de la población autóctona. Pero más aún requiere - y esto es hoy más cierto que nunca - la disposición y el empeño de los que van viniendo, la disposición no sólo de venir para establecerse, sino también la voluntad de incorporarse a la comunidad.

 

IV

El encuentro con lo ajeno, con personas y cosas que no conocemos, rebosa expectación. Está determinado por sentimientos encontrados: curiosidad y rechazo, bienvenida y deslinde, incomprensión y lenta compenetración.

La inmigración siempre implica a la par estos dos factores: supone un peso, una carga, y a la vez enriquece. No se puede hablar de lo uno sin ver y mencionar lo otro.

Muchas de las ventajas que nos han reportado la inmigración y el contacto con otras culturas ya ni siquiera las percibimos como tales porque entretanto las damos por descontadas, las sobreentendemos como lo más natural del mundo.

De no haber sido por aquellos llamados "Gastarbeiter" la República Federal de Alemania no habría vivido el auge económico que efectivamente vivió. Llamamos a esos trabajadores extranjeros que tan urgentemente necesitábamos para cubrir nuestra demanda de mano de obra y vinieron. Esas personas contribuyeron de forma esencial al rendimiento de la economía alemana. Y a través de sus remesas contribuyeron también señaladamente al auge económico en sus países de origen.

Nos hemos enriquecido culturalmente: a muchos de nosotros la música de otros países nos ha permitido abrirnos a nuevos mundos. Hoy escuchamos con fruición ritmos que hace tan sólo dos o tres decenios nos resultaban ajenos. La exposición "Patria y arte" aquí en este edificio y los proyectos conexos patentizan cómo los músicos, cantantes, pintores o escritores alcanzan nuevas formas de expresión artística a través del encuentro entre distintas culturas.

Dicho sea de paso: hoy también comemos otras cosas. Los inmigrantes se han traído sus recetas, sus platos típicos, sus condimentos y sus bebidas. La pizza y el döner hace tiempo que se han incorporado definitivamente a nuestros gustos culinarios. El aceite de oliva y el pan oriental aderezan hoy los almuerzos cotidianos de muchos compatriotas.

Alemania es hoy uno de los países más variopintos y abiertos del mundo. Hemos ganado en desenfado, tenemos más posibilidades de ampliar nuestra experiencia y somos más tolerantes.

Pero también es cierto que hay gente que no ve este provecho o no puede verlo. Vive y a menudo sufre más los problemas que de hecho también conlleva un número tan grande de inmigrantes.

 

V

La convivencia también es difícil y es fatigosa. Quien lo niegue o lo soslaye carecerá de credibilidad, por muchas exhortaciones que haga a una mayor tolerancia, amigabilidad y receptividad.

Cerrar los ojos a los problemas o tachar de xenofobia el mero hecho de describirlos no ayuda en absoluto.

No es difícil mostrar un talante xenófilo cuando se vive en un barrio de postín. La cosa ya resulta más difícil en los sitios donde se producen cada vez más cambios, donde uno mismo, como "natural del lugar", ya no entiende los rótulos ni las etiquetas de los productos en las tiendas, donde conviven en un mismo patio de vecindad familias de medio mundo, donde se mezclan en la escalera los olores de las comidas más variadas, donde suena a todo meter la música de otros pagos, donde uno entra en contacto con estilos de vida y prácticas religiosas totalmente diferentes.

La convivencia se hace difícil donde algún que otro alemán "de pura cepa" ya no se siente en casa, sino como un extraño en su propio país.

Una cosa es disfrutar de los programas de radio multiculturales en tu propio automóvil climatizado y otra muy distinta ir apiñado en el metro o en el autobús con gente cuyo idioma no entiendes.

Comprendo a los padres que temen que sus hijos vean reducidas sus expectativas educativas si el porcentaje de extranjeros en el centro escolar es muy elevado. Conozco el tema por experiencia propia.

También comprendo que mucha gente sienta miedo ante tasas de delincuencia juvenil por encima de la media entre los grupos de población extranjeros y los alemanes oriundos repatriados.

Comprendo que no solo las muchachas y las mujeres jóvenes teman que las acosen o importunen bandas de jóvenes extranjeros.

Quien no se toma en serio las preocupaciones y los temores de la gente acaba andándose por las ramas y contribuye con ello a difundir un estado de ánimo marcado por el desengaño: claro, como a estos no les va ni les viene...

Cuando las preocupaciones y los temores están fundados hay que tratar de corregir las situaciones que los provocan. Tenemos que explicar y poder explicar por qué no hay más remedio que hacer las cosas de tal o cual manera, y no mejor. Cuando las preocupaciones y los temores no están justificados hay que informar e ilustrar.

En la vida a menudo ocurre lo que en la escuela: lo que menos se entiende mejor se retiene, lamentablemente. Las ideas equivocadas y las creencias falsas son lo más difícil de extirpar.

Para que los prejuicios no se enquisten y no sigan propagándose es preciso rebatirlos una y otra vez. A mi entender, en este contexto a los medios de comunicación les incumbe una tarea especial y una responsabilidad especial. La ilustración y la información hacen pero que mucha falta. Un ejemplo: La gente se enoja viendo a peticionarios de asilo apalancados en las plazas, dando la impresión de que son mantenidos por el contribuyente por hacer el vago. Muy poca gente sabe que la ley prohíbe a los peticionarios de asilo ejercer actividades remuneradas durante los tres primeros meses de permanencia en el país y que, transcurrido ese plazo, las oficinas de empleo no los admiten cuando se presentan en busca de trabajo. Si se dispone de esta información, se podrá dudar del sentido de esta norma. Pero ya no se podrá reprochar a los peticionarios de asilo falta de voluntad para trabajar.

Promuevo de todo corazón el diálogo entre las civilizaciones y las religiones a nivel mundial. Es una tarea importante. Eso sí, nunca la he concebido como sucedáneo de una plena dedicación a los problemas prácticos de la vida cotidiana que plantea la convivencia entre distintas culturas dentro del propio país. Tenemos que hablar de la convivencia en los asuntos concretos de la vida.

 

VI

En nuestra sociedad hay animadversión hacia los extranjeros, dicho sin rodeos, hay xenofobia. Hay violencia de tinte xenófobo, incluso asesinatos. Más peligrosa aún que los crímenes concretos es la existencia de un clima social que arrope la xenofobia con disimulada o incluso abierta simpatía.

Existe una intolerancia agresiva frente a los extranjeros. Resulta atizada si la mayoría calla. Quien calla es cómplice.

Absolutamente todos estamos llamados a actuar. Los políticos, la policía y la justicia, las maestras y los maestros asumen una responsabilidad especial en orden a combatir las tendencias deshumanizadoras. Ello requiere civismo y concurso activo.

Ningún dirigente político debe caer en la tentación de sacar partido de un ambiente xenófobo. Medir las palabras es un deber fundamental. Espero de todos autodisciplina y tiento. Quien se indigna por los desmanes xenófobos no debe pasar por alto y menos aún usar como si tal cosa las expresiones desatinadas que circulan con harta frecuencia. Los disparates verbales allanan el camino a los desmanes.

Evidentemente no podemos abandonar a nadie con sus prejuicios y resentimientos a cuestas. ¡Cuán a menudo la animosidad contra los extranjeros y la xenofobia son el resultado de la ignorancia y la falta de experiencia! Sólo así se explica que haya regiones en Alemania donde el porcentaje de la población extranjera es mínimo pero la xenofobia está muy extendida. Cuando los ultraderechistas pregonan altaneramente la existencia de "zonas nacionales liberadas" nos encontramos ante una señal de alarma para el Estado de derecho y la democracia en sí y ante un motivo de vergüenza para todos los auténticos patriotas.

El racismo y la violencia racista tienen unas causas y se pueden explicar, pero bajo ningún concepto justificar. Quien recurre a la violencia debe ser castigado, cuanto antes mejor.

No es mi intención echar mano del viejo argumento del prestigio de Alemania en el mundo. Claro que es importante la imagen que se tenga de nosotros en el exterior. Pero la xenofobia debe combatirse con denuedo antes que nada por respeto de sí mismo.

 

VII

Al hablar de la inmigración y la integración es no sólo legítimo sino importante que también tengamos presentes nuestros propios intereses.

Quien se establece en nuestro país tiene que aceptar las reglas democráticas establecidas. Estas reglas constituyen la base de nuestra convivencia. Están concebidas al servicio de la integración y no de la exclusión. Ofrecen suficiente espacio para la diversidad cultural. Garantizan la libertad religiosa y los derechos de las minorías. Pero estas reglas al mismo tiempo también fijan límites que nadie puede invalidar apelando a su origen o sus convicciones religiosas. Un ejemplo importante son los derechos y el papel de la mujer en la sociedad. Todos han de saber que no toleramos que las mujeres tengan menos derechos por pretendidas razones de tradición o cultura.

Todos han de atenerse a las reglas que se ha dado nuestra sociedad: nacionales e inmigrantes por igual.

La integración no se consigue así como así. Hay que afanarse. A menudo resulta fatigoso.

No debemos malentender este nuevo esfuerzo como un acto de misericordia con el cual les hacemos un favor a los extranjeros. Al procurar mejorar la integración actuamos no solo por humanitarismo o caridad cristiana sino en nuestro propio interés esclarecido.

Han corrido ríos de tinta sobre si somos o debemos ser una "sociedad multicultural". Yo solo afirmo lo siguiente: En cualquier caso nuestra sociedad se caracteriza por la diversidad cultural. Pero a menudo las diversas culturas operan no tanto conjunta sino más bien paralelamente. La cosa sale bien si la diversidad no se confunde con discrecionalidad voluntarista y si convenimos en que una sociedad no es una suma de minorías.

Necesitamos un proyecto común de convivencia en Alemania. Necesitamos unos valores definidos que cohesionen nuestro proceder. Una sociedad que se descompone en fragmentos no puede ser una sociedad auténticamente democrática. Porque la democracia también implica que las minorías acepten las decisiones mayoritarias, más aún, que las interioricen. Ello presupone que la mayoría y la minoría, más allá de cualesquiera conflictos y controversias en el plano de la política cotidiana, compartan unos valores fundamentales comunes. Es así como pueden alentar un sentimiento de comunión que las ate y enlace a ambas.

Necesitamos esa unión, aunque nosotros, por muchas razones, no podamos recurrir al pathos con que otras naciones aquilatan su comunión.

El patriotismo constitucional es importante. Pero necesitamos asimismo una cierta comunión emocional. Una sociedad democrática a la larga no puede soportar la antinomia entre el "nosotros los de aquí" y el "esos de por ahí".

Al referirnos al riesgo de desmembración de nuestra sociedad no sólo no debemos señalar con el dedo a nadie. También tenemos que preguntarnos a nosotros mismos si a lo largo del tiempo hemos sido siempre suficientemente conscientes de nuestra propia identidad y si hemos tenido la suficiente autoconciencia para ganarnos a los recién llegados en un sentido más profundo.

¿No tenemos buenas razones para publicitar, tras cincuenta años de paz y democracia, los valores de nuestra sociedad, su cultura y sus formas de vida - quizás también sus símbolos? ¿No deberíamos hacer más hincapié en que la fuerza de atracción de nuestro país no reside únicamente en la prosperidad y el rendimiento económico? Si somos capaces de ello podemos confiar en que los inmigrantes lleguen a ser ciudadanas y ciudadanos que no sólo estén radicados en nuestro país sino verdaderamente arraigados.

La integración no equivale a desarraigo o asimilación despersonalizada. La integración es asimismo la alternativa a una coexistencia sin convivencia de culturas irreconciliables. La integración supone la vinculación siempre renovada de todos a unos valores comunes. Quien quiere vivir permanentemente en Alemania no tiene por qué negar su origen. Pero tiene que estar dispuesto a coadyuvar a la construcción de una sociedad abierta conforme al modelo de la Ley Fundamental. Este es nuestro ofrecimiento a todos. Para ser y seguir siendo una sociedad abierta necesariamente ha de evitarse la cristalización de islas situadas fuera del consenso social básico.

Precisamente por eso tenemos que fomentar la integración de forma activa y sistemática. Toda persona con derecho de residencia permanente en Alemania debería estar obligada a familiarizarse con nuestra sociedad: con nuestros valores, con nuestras tradiciones y muy especialmente con nuestra lengua. Deberíamos reflexionar seriamente sobre la posibilidad de seguir el ejemplo de otros países y consensuar una ley para promover activamente la integración.

 

VIII

Entre quienes se ocupan seriamente de estas cuestiones prácticamente existe unanimidad en que en adelante vamos a seguir necesitando inmigrantes, por nuestro propio interés. Esto es así no sólo en el caso de Alemania sino también de otros países occidentales.

Muchos de nuestros empresarios miran con admiración hacia los Estados Unidos y ponen de ejemplo el formidable dinamismo de la economía estadounidense a lo largo de los últimos diez años. Este dinamismo se debe en gran medida al notable número de inmigrantes acogidos en el país durante este tiempo.

Hace algunos años el Presidente Clinton presentó un gran programa para la integración de los distintos grupos de población. El programa, titulado "One America", tiene por objeto combatir la disgregación de la sociedad en distintos grupos étnicos. Esto no suele traerse a colación en nuestro país.

¿Por qué vamos a seguir necesitando nosotros y otros países inmigrantes en el futuro? Para responder a esta pregunta se suele aducir siempre una batería de razones. Por ejemplo: nuestro sistema social y nuestro régimen de pensiones sólo podrán seguir financiándose a través de la inmigración. Es cierto: todas las sociedades occidentales tienen un problema demográfico. Es un hecho que no debemos subestimar ni dramatizar. Pero la inmigración por sí sola no puede resolver el problema. Para una cuestión con causas y consecuencias tan complejas como la inversión de la pirámide de edades nunca existe una única respuesta correcta.

Ciertamente haríamos muy bien en promover en nuestro país un clima más favorable a los niños. No es tarea de la política elevar las tasas de natalidad. Pero la política debería contribuir a fomentar la ilusión de tener hijos, en lugar de troncharla. Tener hijos no debe penalizarse económicamente.

Hay una segunda razón para promover la inmigración que debe tenerse muy presente. Ya hoy en día - y en el futuro la cosa ira a peor - falta mano de obra altamente cualificada en sectores clave. Este fenómeno refleja dolorosamente las carencias de la política educativa y de la formación profesional en etapas anteriores.

Para contrarrestar esta situación el Canciller Federal ha lanzado su iniciativa de la tarjeta de residencia según el modelo estadounidense. Aunque este enfoque resulte - también para mí -muy laudable, a nadie se le oculta la evidencia: la inmigración por sí sola no puede compensar la falta de mano de obra cualificada. No vamos a poder prescindir de trabajadores punteros venidos de fuera. Pero tenemos que redoblar urgentemente nuestros propios esfuerzos en orden a la cualificación de la mano de obra. Para conseguirlo es indispensable la cooperación entre los centros de formación y las empresas, que por su propio y genuino interés han de invertir más en formación y cualificación. También este aspecto ha sido señalado por el Canciller Federal.

 

IX

No debemos dejar la convivencia en nuestro país en manos de la casualidad. Las exigencias que nos impongamos a nosotros mismos y a quienes se establecen en nuestro país deben sopesarse a conciencia, debatirse con serenidad y fijarse con buen criterio. Tenemos que poner en claro las condiciones bajo las cuales ha de materializarse la inmigración y tenemos que regularlas de modo vinculante. Cada cual tiene que saber lo que le espera y lo que se espera de él.

Evidentemente no va a ser fácil alcanzar un acuerdo en estas cuestiones fundamentales de nuestra convivencia social. Pero no podemos soslayar estos temas. El debate tenemos que mantenerlo ahora.

Las reglas de la integración y la inmigración tienen que guiarse por los intereses sociales y económicos que tiene nuestra sociedad. Tanto más importante es distinguir entre dos cosas: la inmigración y el derecho de asilo. Un régimen de inmigración es interesado, el derecho de asilo es desinteresado.

No les falta razón a quienes afirman que en territorio alemán no se pueden resolver todos los problemas de este mundo. Pero yo añado lo siguiente: Alemania tiene que ser y seguir siendo un puerto accesible y seguro para quienes tienen que temer por su libertad, su vida y su integridad física.

 

X

Sea cual sea la normativa que implantemos en materia de inmigración en el futuro, hay una cosa clara: tenemos que estar bien preparados, espiritual, política e institucionalmente. Tenemos que estar preparados para la llegada de gentes de las cuales esperamos algo y que esperan algo de nosotros. Tenemos que estar preparados en muchos sentidos.

Lo más importante son los jardines de infancia, las escuelas y los centros superiores. Son éstos los lugares donde se decide el éxito o el fracaso de la integración en nuestro país. Son los lugares de aprendizaje de la convivencia y aportan al mismo tiempo las bases para esa convivencia. En la vida cotidiana quizás sea posible retraerse, quedarse en el propio barrio y con la propia gente. En la escuela inevitablemente se entra en contacto con los demás. Hay que amoldarse, guste o no.

Los centros escolares son la escuela de la nación. Aquí es donde se patentizan a menudo de forma más palmaria todas las dificultades que puede conllevar la convivencia.

Por eso quiero expresar hoy aquí mi cordial agradecimiento a todas esas maestras y maestros que día a día se ven confrontados con la nueva realidad de nuestra sociedad, con toda su diversidad y todas sus dificultades. Ante todo en las escuelas primarias y básicas los docentes viven de cerca lo que está pasando en y con nuestra sociedad. Hago extensivo mi agradecimiento a cuantos trabajan diariamente, en las guarderías, en las secciones juveniles de las asociaciones y en los proyectos independientes de asistencia a la juventud, en pro de la integración al servicio de todos nosotros.

También quiero dar las gracias a los funcionarios de policía y de la administración de justicia y los empleados de las oficinas de empadronamiento, de las oficinas de extranjería, de las oficinas de empleo y las oficinas de asistencia social por su con frecuencia difícil y a veces frustrante trabajo, para el cual necesitan mucha paciencia y tacto.

Al principio ya señalé que entretanto el treinta por ciento de los escolares de nuestro país tienen un "trasfondo migracional". A menudo esto significa insuficientes conocimientos del idioma, integración precaria en el grupo de aprendizaje, falta de empeño por parte de los padres, que no cooperan o sólo cooperan escasamente con el parvulario o la escuela. ¡Cuántos problemas - ya desde el jardín de infancia - se van traspasando sucesivamente a los siguientes niveles de enseñanza!

Por consiguiente, en realidad lo que necesitamos desde el jardín de infancia y la escuela primaria es una pedagogía que no malinterprete el fomento de la integración como componente accesorio del mandato pedagógico. ¿Está incluida ya esta tarea de forma suficiente en la formación del personal docente? ¿Están las maestras y los maestros ya adecuadamente preparados para enseñar en clases donde la mitad o más de los niños no son alemanes? Sobre todo las maestras se ven frecuentemente confrontadas con pautas de conducta inaceptables, asociadas a nociones completamente distintas de la autoridad o de los roles de los sexos. ¿Cómo enfrentamos estas situaciones? Las lagunas de la etapa escolar muchas veces ya no se pueden contrarrestar nunca más en la vida.

El que en los últimos diez años se haya duplicado el número de estudiantes de origen turco en nuestros centros superiores es un dato satisfactorio. Pero el número de alumnos extranjeros matriculados en escuelas básicas triplica el de los jóvenes alemanes dentro del mismo grupo de edad, en tanto que en los centros de formación avanzada ocurre justamente lo contrario. El cuarenta por ciento de los jóvenes de origen extranjero en posesión del título de las escuelas básicas no obtiene plazas de aprendizaje dentro del sistema de formación profesional.

  • Necesitamos modelos educativos que tengan más en cuenta que el alumno procedente de una familia alemana con un bagaje cristiano-occidental ya no es en todas partes el "caso normal". Este factor tiene que ser objeto de mucha mayor atención en la formación pedagógica y didáctica de las maestras y los maestros.
  • Disponemos de buenos proyectos piloto, en los que las madres y los hijos aprenden juntos la lengua alemana, precisamente porque en la mayoría de los casos son las madres las que llevan el peso de la educación.
  • Quien se establece con carácter permanente en Alemania tiene que hablar alemán.
  • Por eso el "Alemán para extranjeros" es un proyecto educativo trascendental para el futuro de nuestra sociedad. Necesitamos más profesoras y profesores para sacarlo adelante. Ya sé: eso cuesta dinero. Pero también sé que ahorrar medios en lo sustancial al final sale carísimo.
  • El que los maestros y los directores de los centros escolares velen por el uso del alemán en la escuela no es un síntoma de xenofobia. Antes al contrario: donde no se actúa así la integración fracasa de antemano, en perjuicio de todos los niños.
  • Es de interés para todos nosotros que todos los extranjeros y los ciudadanos naturalizados dispongan en lo posible de buenas oportunidades de formación. La educación promueve la integración, la educación brinda la posibilidad de acceder a buenos puestos de trabajo, la educación capacita para el diálogo.
  • En definitiva, la educación es la clave de todo encuentro entre civilizaciones que merezca ese nombre. Sólo la educación ayuda a superar los prejuicios. Es la mejor protección frente al fundamentalismo y el racismo.



Lo que hay que evitar a toda costa es la aparición de un nuevo proletariado por condicionamientos educacionales, una capa social que por falta de acceso a la educación y la formación profesional quede excluida de la sociedad. Ello conduce a una guetización étnica, con todas sus perniciosas y peligrosas consecuencias.

 

XI

Entre las consecuencias nocivas de la formación de guetos y pandillas, de la integración malograda, de la falta de perspectivas en el mercado laboral, de la marginalidad social se cuentan la violencia y la delincuencia. Muchas veces se abusa de las cifras y las estadísticas sobre la materia. Es preciso estudiarlas con sumo cuidado. De este modo más de un juicio se revela como prejuicio. Pero es cierto que el número de delitos y actos violentos cometidos por varones jóvenes extranjeros y alemanes oriundos retornados es superior a la media del respectivo grupo de edad. Estas personas, como todos los demás delincuentes, tienen que ser castigadas conforme a derecho y, a ser posible, sin dilación.

Sin embargo, las estadísticas también ponen palmariamente de manifiesto lo siguiente: donde la integración es un éxito - gracias a la educación, la formación profesional y el trabajo - la violencia y la delincuencia no están más extendidas entre los jóvenes extranjeros que entre los jóvenes alemanes. Por cierto que un cabeza rapada con botas de paracaidista no me resulta menos peligroso por el hecho de que quizás tenga un pasaporte alemán.

 

XII

Nuestra sociedad sigue estando muy marcada por las tradiciones cristianas, pero está más secularizada de lo que muchos perciben. ¿No sucede entretanto que para algunas personas sin referentes religiosos el vecino musulmán es la primera persona conocida que vive su fe en la vida cotidiana? Y viceversa ¿no tienen que tener los musulmanes creyentes a menudo la impresión, sobre todo en nuestras grandes ciudades, de vivir efectivamente en un mundo de "infieles", frente a los cuales parece que sólo es posible protegerse aferrándose acérrimamente a tradiciones inveteradas? Entre los educadores y padres islámicos estrictamente practicantes existe el temor de que sus hijos se aparten de la religión como lo vienen haciendo desde hace decenios nuestros jóvenes ante los ojos de sus padres.

La libertad de conciencia, tanto ideológica como religiosa, rige para todos los habitantes de nuestro país, no sólo para los cristianos. Y esa libertad implica también el derecho de manifestar hacia el exterior la posesión de una creencia religiosa, es decir, el derecho a practicar los actos de culto de la confesión en los lugares de culto correspondientes. Por eso en muchas ciudades alemanas hay hoy mezquitas. A la imagen de estas mezquitas, si tienen el aspecto de las mezquitas clásicas, muchos han tenido que ir acostumbrándose. Y yo añado: a muchos esto les resultaría más fácil si los cristianos tuvieran en los países islámicos el mismo derecho a vivir su fe y también a construir iglesias.

Abogo por que en nuestras escuelas se pueda impartir clase de religión islámica. Las clases deberían impartirse en alemán, por profesores formados dentro del sistema público y oficialmente autorizados, y sobre la base de planes de estudios elaborados por interlocutores islámicos reconocidos y convalidados por los ministerios de educación. Esto implica lo siguiente: necesitamos un sistema de formación académica de profesores de religión islámica, necesitamos interlocutores islámicos confiables con los cuales podamos examinar estas difíciles cuestiones.

Nuestra constitución apunta a la cooperación sin reservas entre el Estado y las comunidades religiosas. El Islam no está estructurado como una iglesia. Por eso necesitamos otra modalidad de cooperación institucional fiable con los musulmanes en Alemania. Necesitamos, sobre la base de nuestra constitución, una normativa que responda a los legítimos intereses de los conciudadanos de fe musulmana.

Quiero dejar claro en qué tenemos que insistir, también en interés de todos los niños que viven en nuestro país: en nuestras escuelas públicas y privadas los niños son educados en los valores fundamentales de nuestra constitución, incluida la clase de religión.

 

XIII

Antes dije que el derecho fundamental de asilo, tal y como quedó perfilado tras la reforma de hace algunos años, no se puede poner en tela de juicio. Sin embargo, en muchos casos concretos el derecho vigente conduce invariablemente a la adopción de decisiones que consideran erróneas e insostenibles incluso muchos de quienes abogan por una praxis de asilo restrictiva por principio. Recibo muchas cartas de diputados y empresarios, de grupos de alumnos, parroquias y ciudadanos comprometidos que se oponen a la expulsión de personas concretas que han buscado refugio en nuestro país. Muchas veces lo entiendo perfectamente. Pero resulta que en la mayoría de los casos no es posible ayudar a las personas afectadas. No pueden permanecer en el país porque ello infringiría la normativa vigente. Me pregunto si las autoridades no necesitarían un mayor margen de decisión para responder mejor a las situaciones concretas que se plantean en la práctica. Quien suscriba esta posición tiene que abogar en el Parlamento por las pertinentes modificaciones legislativas. Mi simpatía la tiene.

 

XIV

Necesitamos un nuevo esfuerzo conjunto en favor de la convivencia en nuestro país. Tenemos que revisar nuestros criterios en todos los ámbitos de la vida social y de la actividad política y estatal.

Para salir airosos tenemos que ver las cosas como son, sin miedo y sin ensoñaciones. El éxito de la integración redunda en nuestro propio y vital interés. Moviliza energías que necesitamos urgentemente para forjar un futuro venturoso.

Determinemos nítidamente nuestros intereses y nuestros objetivos. Decidamos cómo ha de plasmarse la integración. Fijémonos metas realistas.

Educación y más educación - he aquí la condición sine qua non para toda integración. La integración tiene que ser un componente primordial de toda política educativa.

La inmigración no debe quedar a merced de la casualidad. Necesitamos enfoques concienzudos, practicables, que no desborden a nadie. Necesitamos el coraje de llevar a cabo lo conveniente aunque no sea popular en todo momento y en todo lugar.

Necesitamos un amplio consenso sobre la integración y la inmigración. Por ello exhorto a cuantos tienen responsabilidades y voz en nuestra sociedad: Pugnen por hallar las mejores vías hacia esta meta. Pero de forma que no se despierten temores ni ilusiones infundadas. Necesitamos asimismo una concertación europea en la política de inmigración. Pero esto no debe ser una excusa para no resolver dentro de nuestro propio país lo que podamos resolver.

Muchas conciudadanas y conciudadanos extranjeros despliegan un meritorio compromiso en nuestro país: a través de organizaciones y asociaciones, como profesionales autónomos y empresarios que generan puestos de trabajo y ofrecen plazas de aprendizaje. Les agradezco su empeño.

Quiero dirigirles a todos Vds. un mensaje de aliento: Participen en la vida social, en los barrios y en las escuelas, en los sindicatos o en los clubes de deporte. Cuantos más colaboren, mejor afloraremos toda esa riqueza que puede brotar de la convivencia entre seres humanos diferentes.

No puedo por menos de instarles a que aprendan el idioma. Si vivimos en la misma sociedad tenemos que entendernos. Quien se cría en Alemania o se establece en nuestro país tiene que hablar y entender el idioma.

El fomento de la integración es una tarea político-social de primerísimo orden. Tenemos que tomárnosla realmente en serio. Debería importarnos hasta el punto de sentar una base legal para regularla.

Necesitamos un debate sobre el modelo de inmigración que queremos implantar y sobre las reglas necesarias a este propósito.

Mi anhelo es una Alemania llena de diversidad y rebosante de vitalidad, un país pacífico y abierto al mundo. El empeño merece todo nuestro esfuerzo. El origen de cada cual es lo de menos, lo que cuenta es que seamos capaces de conquistar juntos el futuro.